Leer textos tiene el encanto del control personal del tono de la voz y de la creación de imágenes propias. Aquí, una propuesta: que este sea un conversatio leído desde la apertura constructiva. El halo anímico negativo que ha impuesto la política del Gobierno en el ambiente es infértil y riesgoso.
Hoy quiero pasar por la memoria a un mentor importante para mí, Nicanor Restrepo Santamaría. Y no lo traigo desde la nostalgia, lo evoco desde la fuerza que me da y la inspiración que me representa para invitar precisamente a tantos líderes contemporáneos que hay en el país y que están ocultos para que asuman su llamado histórico. Seres diversos, vigentes, capaces de interpretar la realidad, forjar la unión y acuerdos fundamentales para crear proyectos innovadores con consciencia nacional que transformen realidades.
Hace unos años la sociedad permitió que los desacuerdos del presidente Uribe y el presidente Santos estuvieran por encima de la cordura, afectando el bien común, el país, las familias y los amigos. En los últimos años esa misma comunidad ha sido flexible, porosa, y a veces cómplice de la estrategia de odios usada por algunas campañas electorales, agudizando aún más las profundas grietas de Colombia. Un camino caótico y suicida. ¿No es suficiente?
Gustavo Petro es el presidente. Es un hecho. El punto es frente a su habilidad retórica pero su incapacidad de gobernar qué actitud tomar.
Hoy la nación tiene un reto magistral, pues se enfrenta a un gobernante cuyos comportamientos carecen de dignidad, sindéresis y dimensión. De dignidad: un estadista no violenta a su pueblo, porque pueblo somos todos, como hace este con frecuencia y repitió en la marcha del miércoles pasado con diversos ataques a colombianos, instituciones y medios en su discurso en la plaza de Bolívar. De sindéresis; un líder tiene discreción y capacidad natural para juzgar. Un político serio entiende la democracia y no reacciona con obscenidad descarada violentando el sistema de gobierno, el mismo que le permitió pasar de ser guerrillero a presidente, donde se evalúan, debaten, reforman y aprueban o rechazan propuestas. De dimensión: un gobernante tiene sentido de proporción de los hechos y jamás resultaría, por ejemplo, dando como primera respuesta en Twitter a la crisis Benedetti-Sarabia un trino de una selfi con su hija y el texto “¿Intranquilos? ¡Qué va!”, burlando a su nación y la gravedad del momento.
Elegido por una mayoría de una minoría de colombianos, Gustavo Petro es el presidente. Es un hecho. El punto es frente a su habilidad retórica pero su incapacidad de gobernar qué actitud tomar. Pasiva, permitiendo el daño de malas políticas y guardando silencio o quejándose sin mérito. O activa, dejando de delegar la solución en el otro y asumiendo un protagonismo comprometido porque es lo correcto y, aunque inaudito –pero para algunos eso no es suficiente–, porque es conveniente. A nadie le interesa perder el progreso.
Considero que este gobierno ha tenido un efecto positivo en cuanto ha obligado conversaciones necesarias e importantes en un país con grandes retos, pero su proceder errático necesita contrapeso. Sin excusas. Líderes visibles organizados con actuaciones serenas pero ágiles, argumentadas, inteligentes y estratégicas, protegiendo tanto lo institucional como creando ideas paralelas que equilibren el miedo, la anarquía y la parálisis –incluso retroceso– del país.
En una de esas tertulias deliciosas del Museo de Arte Moderno de Medellín escuché a Restrepo con Juan Luis Mejía narrar cómo el liderazgo antioqueño había tomado la decisión consciente de quedarse en el país y comprometerse en sacar a Medellín de la esclavitud de Escobar. Pagaron precios altos, pero, como el ave fénix, una ciudad distinta resurgió de las cenizas. Fue una decisión consciente.
Decía Nicanor en su editorial cuando lo invité a ser director por un día de El Colombiano: “Aparece el tiempo como elemento que transcurre en forma perturbadora, pero contra ello solamente caben la confianza, fortaleza, persistencia y paciencia”. Se buscan líderes.
MARTHA ORTIZ